Por Kerry Marín
Una mañana Uriel, que tiene síndrome de Down y tres años, se sentó a la mesa, miró las tarjetas que yo había puesto con tanto cuidado y las empujó al suelo con el brazo entero. Después se dio vuelta en la silla y me mostró la espalda. No dijo nada, porque todavía dice pocas palabras, pero fue el «no» más claro que le he escuchado en su vida.
Mi primera reacción fue insistir. La segunda, sentirme culpable. La tercera, que llegó esa noche, fue peor: pensar que nada de aquello servía. Me equivoqué en las tres. La autora de este blog me lo resumió después en una frase que debería estar pegada en todas las cocinas: la resistencia es normal al inicio de todo proceso. Este artículo es sobre qué hacer con esa frase el día que el niño no quiere.
POR QUÉ LA RESISTENCIA ES NORMAL
Cualquier rutina nueva es, antes que nada, algo desconocido. Para un niño con necesidades de apoyo, lo desconocido cuesta más energía que para otros: hay que entender qué se espera, cuánto va a durar y si se puede confiar en que termina. Mientras no lo sabe, se defiende, y la forma más barata de defenderse es negarse.
Hay algo más. Las primeras semanas de una rutina son, para el niño, una pregunta repetida: ¿esto es fijo o se negocia? Cada «no» es una manera de averiguarlo. Si un día el no consigue que la rutina desaparezca, la respuesta que recibe es «se negocia», y la resistencia crece, porque funcionó. Si el no consigue que la rutina se haga más corta y más amable, pero no que desaparezca, la respuesta es otra: esto está, y no da miedo. Con esa respuesta, la resistencia inicial se apaga casi siempre sola. No en dos días; en dos o tres semanas.
LO QUE LA RESISTENCIA NO ES
No es un juicio sobre la madre ni sobre el padre. No es la prueba de que el material está mal ni de que al niño «no le gusta aprender». Y, sobre todo, no es silencio. Un niño que todavía no habla y empuja las tarjetas está comunicando, con el cuerpo, exactamente lo que quiere decir. En una rutina cuyo objetivo es el lenguaje, ese no merece respeto: es lenguaje. El trabajo no es callarlo; es responderle sin que gane la batalla que él no sabía que estaba planteando.
SEIS FORMAS DE RESPONDER EL DÍA QUE NO QUIERE
- 1. No convertirlo en batalla. Lo que se aprende bajo presión no es la palabra de la tarjeta, sino que la mesa es un lugar de pelea, y eso se recuerda al día siguiente. Bajar la voz, bajar el cuerpo a su altura, esperar diez segundos. Muchas veces el no era solo el primer segundo.
- 2. Ofrecer una elección dentro de la rutina, nunca sobre la rutina. «¿Empezamos con la foto de papá o con la de la abuela?» La sesión no se discute; el orden, sí. Un niño con control sobre algo pequeño necesita menos negarse a todo.
- 3. Empezar por lo que ya sabe. El primer minuto tiene que ser un éxito seguro: su nombre, la palabra que ya dice, la imagen que siempre señala bien. Lo nuevo va después, cuando ya está dentro. Nadie quiere entrar donde lo primero que lo espera es un examen.
- 4. Acortar, no cancelar. Una sola tarjeta, un solo cuento, y se termina. «Hoy hicimos uno» es infinitamente mejor que «hoy no hicimos nada», porque el hilo sigue entero y el niño aprende que negarse no borra la rutina, solo la hace pequeña.
- 5. Cerrar bien, aunque haya sido corto. Los últimos veinte segundos deciden cómo empieza mañana. Guardar juntos, celebrar lo poco que hubo, decir «mañana más». Un final tranquilo después de un día difícil vale más que una sesión completa que terminó en llanto.
- 6. Anotar, no interpretar. Antes de sacar conclusiones, una semana de apuntes: a qué hora fue, qué pasó justo antes, en qué punto apareció el no, cuánto duró. Es tedioso, y es lo único que después distingue un mal día de una señal.
UN MAL DÍA O UNA SEÑAL: CÓMO DISTINGUIRLOS
Un mal día viene solo, tiene una causa cerca y desaparece: durmió mal, le están saliendo los dientes, hubo visita, cambió la hora de la siesta. Una señal es un patrón: el no aparece siempre en el mismo paso, lleva más de dos semanas empeorando en vez de aflojar, o empezó exactamente cuando cambió algo del material.
Tres preguntas ayudan a leer los apuntes. La primera: ¿cuándo empieza el no? Si aparece antes de sentarse, es a la rutina entera; si aparece en un paso concreto, es a ese paso, y eso ya dice mucho. La segunda: ¿qué cambió? Material nuevo, demasiadas cosas nuevas a la vez, otra hora del día, otra persona sentada al lado. La tercera: ¿va a mejor o a peor? Una resistencia que baja cada semana, aunque no desaparezca, va bien. Una que sube es una señal, y la causa suele ser más pequeña de lo que se teme: algo demasiado difícil, o al revés, algo que el niño ya domina y le aburre, porque el aburrimiento también se presenta como un no.
Cuando es una señal, se cambia una cosa a la vez y se vuelve a anotar. Y si después de ajustar sigue igual, o si el no viene acompañado de otros cambios, en el sueño, en la comida, en cosas que antes hacía y dejó de hacer, es momento de hablarlo con el profesional que acompaña al niño, no de seguir probando en casa.
EN EL AULA
Para los docentes, el criterio es el mismo, con una ventaja: ven al niño en más momentos. Un no que aparece solo en una actividad y no en el resto de la jornada apunta a la actividad, no al niño. Y las mismas seis respuestas caben en un aula: elegir dentro, empezar por lo seguro, acortar, cerrar bien.
Y LA PANTALLA
Cuando construí VerbaKids, la aplicación que uso con mi hijo, la pregunta que más me hicieron otras mamás no fue «cuánto aprende», sino «¿y si no quiere?». Por eso cada sesión tiene siempre la misma forma, empieza con algo que el niño reconoce, su propia foto, y lleva a mano un botón para terminar por hoy que no reprocha nada; y si a las diez dijo que no, a las once puede volver a intentarlo. Pero ninguna de estas ideas necesita una pantalla: caben en una caja de tarjetas y en un cuaderno de apuntes.
LA PREGUNTA CORRECTA
El día que el niño no quiere, la pregunta que más daño hace es «¿cómo hago para que quiera?». Empuja a insistir, y la insistencia enseña lo contrario de lo que se busca. La pregunta que sirve es otra: ¿a qué le está diciendo que no? A lo nuevo, a este paso, a esta hora, a que hoy fue un mal día. Y la respuesta casi siempre cabe en un cambio pequeño. La resistencia es normal al inicio de todo proceso. Lo que decide si el proceso continúa no es el niño: es lo que hacemos los adultos con su primer no.
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Kerry Marín es madre de Uriel, un niño de tres años con síndrome de Down, y fundadora de VerbaKids (verbakids.com), una aplicación en español que lleva la lectura global y la estimulación del lenguaje a sesiones de cinco minutos al día, para familias de niños con síndrome de Down, autismo o retraso del lenguaje.


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