La visita inesperada



    En la vida de una persona dentro del espectro autista se pueden presentar diferentes retos.  Por ejemplo, el apego a objetos personales lo cual puede llevar a  dificultades.  Andrew, con 8 años, no es la excepción. A él le encantan los juguetes y piensa “que nunca son demasiados”, esto lo llevó a tener una visita inesperada una noche.


     Son tantos que las 3 cajas en donde los “guarda” tienen la forma de 3 volcanes activos que en cualquier momento pueden hacer una erupción de juguetes. Bueno, al menos, eso es lo que piensa su mamá.


  —Andrew, ¿qué quiere para comer? —le preguntó el papá en el restaurante antes de ordenar.


   —Un menú de niño…  —respondió el niño sin pensarlo dos veces.  


  —¿Para qué Andrew? son juguetes repetidos, que usted ya tiene. Además ¿no quiere otra cosa para comer? podemos encontrar más tipos de hamburguesas en el menú de adultos.

    

    —Pero…ME GUSTA la comida del menú de niños y… además, los juguetes que trae —respondió con semblante firme, el cual mostraba que sus gustos importan.


    —Está bien… —Fue la respuesta de su padre  mientras que por su mente pasaba “no entiendo ¿cómo no se cansa de comer lo mismo siempre? y solo por los juguetes” . Sin embargo, no se lo dijo para no detonar una crisis en el niño.      


    Al llegar a casa Andrew corrió feliz a la cocina para mostrarle el juguete a su madre, —¡Mamá!…¡Mamá!…mira mi juguete nuevo.


     —¡Uyyy, qué lindo, Andrew!, —fue la reacción inicial, pero al observar en detalle notó que era de una colección antigua—. Andrew, pero…¿usted ya no tiene este juguete?


    —¡Sííí! pero nunca se tienen suficientes juguetes. —Se iluminó la cara del niño al ir pronunciando cada palabra. 


   —Bueno…, las cajas en su cuarto dicen que sí. Ya se están desbordando, es más, creo que usted pone uno más y se salen todos… —lo retó ella.


    Aunque ella entiende que para él es difícil desprenderse de algunos de sus juguetes, tiene claro que esto le puede provocar dificultades. Por un lado, en su cuarto hay más juguetes que otras pertenencias, pero lo que en realidad le preocupaba  era que el niño se convirtiera en un acumulador de juguetes.  


   —No es solo eso Andrew, usted tiene un montón y hay días que ni juega con ellos —intervino el papá luego de escuchar a su esposa—, nosotros entendemos que a usted le gustan los juguetes, pero se debe tener un balance, deben salir unos para que entren más.


    —!Exacto…¡ —afirmó la mamá.


   —Voy a ponerlo en las cajas, para que vean que no se caen —refutó el niño.  Mmm…ok pensaron ambos padres.Ya en el cuarto, enfrente de una de la cajas el niño fue colocando el juguete en cámara lenta para que no se cayera y lo logró. 


       Luego, corrió a la cocina riendo y gritando:


    —¡Ven, ven, se los dije! no se escuchó caer ningún juguete de la caja. 


   —¡Claro!... me imagino… con el cuidado que usted lo puso —Fueron las palabras de la mamá al escucharlo mientras movía la cabeza de un lado a otro sin parpadear. Ella conoce a su hijo.


    —¡NO! yo lo puse como siempre pongo los juguetes —gritó el niño de manera impulsiva.


    —Ey…tranquilo Andrew, ¿por qué grita? solo dije lo que pensé —le preguntó la mamá luego de inhalar y exhalar por la nariz para no perder el control. A lo que el papá agregó un poco molesto:


    —Sí, ninguno aquí está gritando o molesto, y lo que dijo lo pudo decir sin gritar.


   —Perdón, mamá, debí respirar antes de hablar, como siempre me dicen ustedes —expresó el niño dejando caer los hombros y su cabeza ligeramente hacia adelante mostrándose arrepentido.


    —Está disculpado, comamos que se enfría la comida, —le dijo su mamá al abrazarlo. 


    Lo que Andrew no se esperaba, era lo que iba a suceder. Mientras la familia comía una rata entró a la casa por la puerta principal. Esa noche todos dormían, excepto la rata, ella merodeaba en la sala para encontrar un espacio para esconderse, ya debajo de uno de los sillones no solo se escondió también  se durmió. 


    Al otro día todos se levantaron temprano e hicieron su rutina normal: Andrew se fue para la escuela, el papá al trabajo y la mamá se quedó haciendo algunos de sus quehaceres. Mientras ella caminaba de aquí para allá, la rata la veía desde abajo del sillón, hasta el momento en que vio la oportunidad de correr al pasadizo que llevaba a los cuartos. La mamá doblaba y acomodaba ropa en su cuarto mientras que la rata se metía al cuarto de Andrew. Por supuesto, el mejor lugar para esconderse fue una de las cajas con juguetes. ¡Plof! ¡plof! ¡Plof! se escucharon caer algunos juguetes cuando la rata se metió a la caja. Yo tenía razón, estas cajas van a hacer erupción como un volcán… pensó ella mientras entraba al cuarto del niño y se agachaba a recogerlos para colocarlos en la caja de nuevo.


     Más tarde, cuando Andrew llegó de la escuela se fue directo a su cuarto a hacer la tarea de matemáticas, estaba concentrado en las operaciones cuando escuchó ¡Plof! ¡plof! ¡plof! 


    —¡Uy!...Se cayeron unos juguetes, —dijo el niño aliviado luego de ver que el ruido fue por el golpe de los juguetes al caer. De lo que Andrew no se percató, fue que él escuchó los juguetes caer, pero no escuchó a la rata moverse dentro de la caja. Razón por la que los juguetes se salieron. Será ¿qué se caen por lo que dice mamá?, ¿qué son muchos? no, no creo pensó al recogerlos, nunca se pueden tener muchos juguetes, se repetía, después de todo Andrew no sabía de la visita en su cuarto.  


    Al anochecer, luego de cenar y ver una película con su padres Andrew dio las buenas noches, lavó sus dientes, se puso el pijama y rezó las oraciones con su mamá para irse a dormir.


    Acostado en su cama cerró los ojos y se dispuso a soñar, sin embargo cuando ya casi estaba dormido de nuevo escuchó ¡Plof! ¡Plof! ¡Plof!


    —¡Ahhh! —Se oyó por toda la casa el grito.


  —¿Qué pasó Andrew? ¿Por qué grito? —le preguntó el papá medio dormido al abrir la puerta y encender la luz.


    —Escuché algo papá,  —expresó Andrew con los ojos tan abiertos que parecían que se le iban a salir de las cuenca.   


  —¡Diay! vea los juguetes, están en el suelo, —le señaló el papá mostrando los que estaban tirados en el suelo.  —Como dice su mamá “ya se caen solos.”


   —¡Ahhhhh! —suspiro aliviado—, voy a recogerlos —dijo mientras se enderezaba de la cama.


    —No, no, no, yo los recojo siga acostado —le dijo el papá con molestia al agacharse, recogerlos y colocarlos con extremo cuidado sobre el resto de juguetes.


    Andrew se durmió tranquilo sin enterarse de la visita en su cuarto, al otro día toda la familia volvió a hacer la rutina normal.


     Esa noche Andrew se fue a dormir sin saber lo que le esperaba. Con el cuarto en silencio y oscuridad total los dos se sintieron cómodos y tranquilos en su cuarto. La rata llevaba dos días ahí, ya era su hogar; Andrew también, después de todo era su habitación,  Sin embargo, el niño no sabía lo que le esperaba esa noche.


    Al momento que Andrew cerró los ojos para dormirse la rata empezó a moverse y a chillar.  Sonidos que asustaron al niño.


   —¡AHHH!, ¡Papá, mamá, papá, mamá!, ¡AHHH! —se oían los gritos de miedo por toda la casa. 


    —¿¡Qué pasa!? —le preguntó su mamá al llegar al cuarto. 


    —¡Sí!¿¡qué pasa!? —exclamó su papá de pie junto a ella.


  —¡Escuché algo, como un chillido raro! —dijo el niño confundido, poniéndose de pie en la cama y señalando las cajas—. Se oía ¡chiii!¡chiii!


    —¡Ay Andrew!, ¿no es que estaba dormido y lo soñó? —le preguntó el papá.


    —¡No! ¡No! —gritó el niño—. Todavía no me había dormido.


    —Tranquilo, vea que no hay nada — le dijo la mamá acercándose a una de las cajas. Pero para sorpresa de ella, estaba equivocada; al mover uno de los juguetes del hueco emergia una cara conica en la que resaltaban una pequeña nariz rosa y un par de ojos negros con unas orejas grandes. 


    —¡Ahhh! ¡Ahhh! una rata, una rata —gritó mientras corría para la sala de televisión—, es una rata ¡Qué asco! ¡Qué asco! ¡Creo que la toque! ¡ahhh!


    —¡Ahhh! ¡Ahhh! —gritó Andrew al pegar un salto de la cama y correr detrás de ella. Aunque solamente había visto las ratas en los dibujos animados, tan solo escuchar a su madre fue suficiente para asustarse y tenerle miedo al roedor.


  —¡Ayyy! no es para tanto —les dijo el papá entre risas y empezando a sacar algunos de los juguetes para agarrarla. Luego de un rato de lucha por parte de ambos, tanto la rata como el papá, él logró capturarla por la cola y se fue a soltarla en un charral cerca de la casa. Obvio, todo esto ocurría mientras Andrew y su mamá esperaban subidos en un sillón, por si la rata le daba por correr a la sala. 


    —¡Ya ve! Porque no se pueden acumular tantas cosas Andrew, ya no solo hay riesgo de que se caigan en una erupción de juguetes, —le expresó la mamá, luego recordó lo literal que podía ser el niño—  bueno, que se caigan de tantos que son, como en un volcán, que sale la lava acumulada. 


    —Sí, ahora entiendo por qué no debo tener tantos juguetes —le respondió encogiendo los hombros y con cara triste, aunque el niño entendía, era difícil para él desprenderse de sus juguetes por diferentes razones. Sin embargo, esa noche decidió hacer un esfuerzo casi sobrenatural para que no le volviera a suceder lo mismo. 


    El siguiente fin de semana tomaron todo el sábado para: limpiar y desinfectar los juguetes y las cajas; escoger los que iba conservar y los de donar. Al final del día y a pesar de ser difícil para él había una gran pila de juguetes para regalar y a las cajas se les podía colocar la tapa para evitar otra visita inesperada. Aunque fue una labor titánica para él, hacerlo le produjo satisfacción. Por un lado, él niño vio su cuarto ordenado. Pero lo que le produjo una sensación hermosa en el corazón fue entender que donar algunos juguetes permitía a otros niños jugar con ellos mientras que en su cuarto estaban abandonados en cajas sin hacer felices a otros niños.

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