La inocencia es una característica propia de la infancia. En esta los niños y niñas son puros; tienen confianza y se asombran fácilmente. Esto los hace ver el mundo sin prejuicios ni malicia. En el TDAH y el espectro autista muchas veces la inocencia se nota un poco más, lo que puede ser positivo o negativo.
La siguiente anécdota es una colaboración entre hermanos en la que un típico fin de semana de las vacaciones navideñas. En el que ellos suelen ver películas alusivas a la celebración disfrutando de una taza de chocolate caliente y galletas; a pesar de vivir en un país tropical en el que no cae nieve y a veces ni hace frío por ser temporada seca. Sin embargo, esta vez fue diferente para toda la familia y se convirtió en una anécdota para nunca olvidar.
—Chiquillos, Marie, vengan para preguntarles algo, —se oyó la voz del papá por toda la casa.
—Deme un momento. Ya voy, se me quema la comida.
—Papá, ¿Qué pasa? —preguntó Andrew moviendo sus manos en el aire como un pájaro que quiere alzar el vuelo caminando de un lado a otro en la sala de televisión—. Pasó al…
—¿Qué pasa, papi? —se oyó la voz de Kristin que interrumpió a Andrew. La que venía corriendo por el pasadizo.
—Ya casi les digo. Y no corra, se puede caer. Andrew usted siéntese—se dirigió a ambos niños mientras se sentaba en el sillón—. Esperemos a su mamá.
Los dos niños se sentaron a esperar que su madre llegara para escuchar lo que su papá les quería decir.
—Ya…, sss… ¿Qué quiere preguntarnos?, —preguntó Marie—. ¡Qué calor hace en la cocina!
—Dice mi tata que por qué mañana no vamos donde mis tíos, van a matar un cerdo y quieren que vayamos a comer chicharrones.
—Y el chocolate caliente… y las películas…, —expresó Andrew con voz ansiosa mientras se jalaba un pequeño pellejo en uno de los dedos de la mano izquierda.
—Sí…papi…
—Por eso les estoy diciendo a todos ¿Quieren ir o no quieren ir?
—Bueno, chiquillos a ustedes les gusta ir donde sus tíos y los chicharrones, —se alargaba la mamá en la explicación—. Películas de navidad podemos ver en la semana, deporsi, ya están de vacaciones y las galletas y el chocolate caliente lo comemos cualquier día.
Andrew escuchó cada parte de lo que su mamá explicó y lo analizó para luego preguntar:
—¿El lunes, mamá?…
—Sí… puede ser el lunes… —le respondió mientras movía la cabeza de un lado a otro—. Usted, ¿qué opina Kristin?
—Creo que sí, ya estamos de vacaciones…Pero ya mataron al cerdo o la van a matar enfrente de nosotros, —preguntó la niña con duda—. No me gustaría ver al cerdo morir, después no volvería a comer chicharrones.
—¡Ahhh!, —gritó Andrew de solo pensar en la escena—. Ver el cerdo morir, nooo.
—Nadie va a ver el cerdo morir, —dijo el papá que se había dedicado a escuchar la discusión de ambas partes, hasta llegar a la parte de la muerte del cerdo, en la que ni él había pensado—. Entonces le digo a mi tata, ¿Vamos o no vamos?
—¡Diay!, ¡sí! … ¿no escuchó que sí quieren ir?… —le respondió la mamá con expresión seria.
José no había escuchado la frase explícita “sí vamos” entre la cantidad de palabras cruzadas en la conversación, no obstante, los tres movieron la cabeza de arriba para abajo en forma positiva cuando Marie dijo “ ¡Diay!, ¡sí!”.
—Bueno, voy a decirle a mi tata—expresó mientras se enderezaba del sillón para ir a la casa de sus papás— Por cierto, entonces tienen que acostarse temprano, mañana no quiero escuchar “no quiero levantarme”.
—Okeeey…
—Está bien, papi…
—Voy a terminar con la comida…luego de comer a cepillarse los dientes y a acostarse.
Todos se fueron a la cama temprano esa noche y al otro día se levantaron muy temprano para ir a la finca de sus tíos. Al llegar por supuesto ya habían matado el cerdo, pero este estaba puesto en la mesa de la cocina de la tía porque ahí lo iban a destazar.
***
—¡Hola, Andrew y Kristin! —los saludo la tía mientras abría los brazos para abrazarlos. Ambos de entrada corrieron hacia su tía que los esperaba en la sala pero al percatarse que llevaba puesto un delantal plástico con una enorme mancha roja la que expedía un olor parecido al de las monedas se detuvieron en seco.
—¿Qué pasa?, ¿No quieren saludar a su tía?, —les preguntó el papá que venía caminando tras ellos.
—¿De qué está manchado el delantal? —preguntó Andrew mientras se tapaba la nariz con una parte de la camiseta. Este olor que no reconoció entró tan rápido a sus fosas nasales que no pudo evitar sentir ganas de vomitar—. Huele raro como a…no sé…
—Sí, huele raro, —fueron las palabras de Kristin, ella sí toleraba el olor pero no era de su agrado.
—¡Perdón! es el olor a la sangre del cerdo, —se disculpó la tía—. En el cajón de la cocina hay mascarillas, vaya y les trae una a cada uno, José. Entonces, los saludo de lejos, hasta más tarde les doy el abrazo.
—¿No quieren ver el cerdo?, —les señaló la tía a la mesa de la cocina—. Para que vean como se ve. Marie… pensé que no había venido…
—¿Tía, cómo está?, me atrasé saludando a tío, —le respondió disimulando las ganas de vomitar por el olor a sangre.
—Tenga una mascarilla, Marie, y otra para ustedes. —José que ya conocía a todos los miembros de su familia trajo tres mascarillas.
—Chiquillos, ¿Ahora sí quieren ver el cerdo? —les preguntó la tía.
—No sé… no me dan ganas…, —se animó Kristin a decir con voz dulce para que la tía no pensara que la estaba rechazando, pero con duda de su decisión. Andrew por su parte con nada de dulzura en la voz y de forma tajante dijo:
—NO…
—Está bien, no tienen que verlo si no quieren… —intervino Marie en la conversación.
—Está bien… —dijo la tía con resignación—. Voy a seguir con el cerdo.
—Vamos a fuera para que jueguen, —les sugirió José a los chiquillos.
—Sí, vayan con su papá, yo voy a ver el cerdo con los tíos y sus abuelos, —dijo Marie. Los abuelos habían venido más temprano. Ellos eran fanáticos de ver todo el proceso de los chicharrones. «Del cerdo a la mesa» , la frase del abuelo.
—¡Cuidado se vomita ahí! —le advirtió José que la conocía bien—. ¡Vamos chiquillos!
Una de las mejores partes de ir a la finca de los tíos es que los niños se sienten libres porque pueden correr y saltar. Claro, siempre con la supervisión de algún adulto responsable.
***
Kristin recordaba el olor de la sangre, el que le producía asco, sin emabrgo ella es una niña que siempre se ha caracterizado por su curiosidad. La que en ese instante le iba a ganar. Por lo que luego de un rato de jugar le dijo a su papá:
—Papá ¿puedo ir a ver el cerdo?
—¿Está segura? —fue la pregunta que le hizo él.
—Sí, ahí está mamá todavía.
—Vaya, pero si no le gusta se viene, —le sugirió él—. Saque la mascarilla de su bolsa y póngase la mascarilla, por el olor.
***
La niña entró a la casa y caminó despacio a la cocina en la que se escuchaba la voz de sus tíos, abuelos y su mamá.
—¡Mamá! —susurro mientras permanecía de pie junto a la puerta y con los ojos tan abiertos que la pupila negra e iris verde se podían ver entre el blanco de sus ojos.
—¿Qué pasa?, ¿Ocupan algo?, —le preguntó ella. Por la mente no le pasó que quisiera ver el cerdo.
—No, nada, solo quería venir a ver el cerdo.
—¡Entonces sí se animó!, —dijo la tía entre risas.
—¡Venga! ¡Venga para que lo vea! —la tomó de la mano el abuelo. Luego la acercó y como todo buen conocedor le mostró todas y cada una de las partes del cerdo. A la altura de la cara de la niña había un hueco cerca del pecho que llamó su atención, al mirar por él la niña se emociono por lo que vio ahí. «Mire el corazón, —pensaba— nunca había visto tan de cerca el corazón, voy a ir a decirle a Andrew», mientras arrugó su frente de tanto que levantó las cejas. Los adultos a su alrededor continuaron con su conversación, Kristin ya estaba relajada y no parecía tener miedo o asco. Lo único que escucharon de la niña fue:
—Ya casi vengo… —salió corriendo por la puerta.
—No corra, se va a caer, —le gritó Marie. Luego pensó «¿Para dónde irá?».
***
Andrew corría y agitando sus brazos por todo el patio cuando escuchó la voz de su hermana.
—¡Andrew, Andrew! ¡Venga! ¡Quiero contarle algo! —le gritó Kristin desde el corredor de la casa.
—¿Qué?
—Vi el corazón del cerdo…
—¿El corazón? —le dijo él con las cejas tan elevadas que se le veían un montón de arrugas en la frente.
—Sí, el corazón… ¿Quiere verlo? —le preguntó la niña con cara de picara.
—No sé…mmm…¿y si me vomito?… —se excusaba el niño con ganas de ver el corazón pero con duda.
—Se pone la mascarilla como yo —le decía ella para convencerlo—. Además, si no quiere se viene y ya. ¡Vamos!
—¡Okey!
El papá estaba tan absuelto en sus pensamientos que no se dio cuenta que Andrew se puso la mascarilla y que se fue con Kristin.
***
Al llegar a la cocina entraron tan en silencio que los adultos ni se dieron cuenta que estaban ahí. Por otro lado, los adultos estaban tan absortos en la conversación sobre lo que le había sucedido a la prima que aunque hubieran hecho un bullón tampoco se hubieran dado cuenta.
—¡Vea, vea! Es ese..., —le susurraba la niña mientras le señalaba por el hueco.
—Sí, ahí está. ¡Ohhh! —le respondió admirado Andrew. Él también pensaba «Nunca he visto un corazón real».
Tanto la conversación de los niños como la de los adultos fue interrumpida por la voz entrecortada de José:
—¿Aquí…están…los niños? De un momento a otro salió de sus pensamientos y al ver a su alrededor no vio a ninguno de los dos. Mil pensamientos atravesaron su cabeza a pesar de saber que estaban en un lugar seguro y que era difícil que les pasara algo.
—¡Ahhh… —gritaron ambos niños. Lo que hizo a los demás gritar también.
—¡Ay! ¿Qué pasó? —preguntó Marie con voz estruendosa.
—Aquí están, aquí están —se oyó decir José a sí mismo con alivio en su voz a pesar del grito de los niños y el susto de Marie—. ¿Por qué no me avisaron que iban a entrar?, ¡qué susto! levanté la vista y ya no estaban.
—¿Por qué no le dijeron a su papá que iban a entrar? —los regañó Marie molesta—. ¡Qué susto!
—Tranquila Marie… —le sugirió la tía—, no pasó nada.
—Sí, tiene razón tía —dijo entre inhalación y exhalación.
—¡Perdón, papá! Es que quería enseñarle a Andrew el corazón del cerdo… —dijo la niña emocionada.
—¿El corazón del cerdo?, —preguntó la tía con duda. Mientras pensaba «Pero, el corazón lo sacamos desde temprano —fruncia el ceño— y está en un balde afuera—. ¿Dónde lo vio usted? Aquí no está…
Antes de que la niña respondiera Andrew señaló el hueco en el cerdo y dijo:
—¡Aquí está, tía! ¡Véalo, véalo! —Todos se volvían a ver con duda, no entendían el porqué los niños veían el corazón del cerdo por un pequeño hueco.
La tía se agachó y se asomó por el hueco para ver el corazón que los niños decían haber visto, en tanto ellos repetían:
—¿Lo vio tía, lo vio tía…lo vio tía?, —repetía Andrew como disco de vinilo rayado de la emoción.
—¡Sí! ¡vio! que es verdad tía. Ahí está el corazón, —se oía Kristin por toda la casa.
—Chiquillos, eso no es el corazón —les dijo la tía entre risas.
—Sí tía, sí es, sí es el corazón —la contradecía Kristin.
—Eso es un hueso que tiene forma del corazón que dibujamos, pero no es el corazón. El corazón no es así, —les explicó la tía—. Vamos y les enseñó el corazón…
—Espere tía… déjeme ver a mí —la interrumpió José. Después se asomó por el hueco para llevarse la misma sorpresa de la tía—. Chiquillos tiene razón su tía, ese no es el corazón. Venga vea, Marie…
—Pero papá, ¿así no es como aparece todo el tiempo en los programas y libros? —interrumpió Andrew a su padre.
—Sí, papi, así lo dibujamos siempre.
—¿Entonces no es así? —preguntó Andrew con el ceño tan fruncido que parecía que le iba a quedar arrugado para siempre.
—¿Cómo es el corazón, entonces?, —preguntó Kristin mientras se cruzaba de brazos.
—Sí, ¿cómo es? —también cuestionó Andrew.
Aunque los niños han estudiado el sistema circulatorio en ese momento no asociaron la forma real del corazón, su inocencia les hizo creer que la forma del corazón es la que han visto muchas veces en las caricaturas o hasta libros de cuentos.
En cuestión de 5 minutos todos los adultos habían visto el supuesto corazón en el cerdo. Luego Marie y José les explicaron a ambos el porqué en las caricaturas no aparecía la forma real del corazón. La forma que ellos veían a una representación para simbolizar el amor y que la forma era otra.
—¿Entonces no es así? —preguntó Kristin mientras juntaba sus dos dedos índices y pulgares para hacer la forma de corazón que ella conocía.
—No, es así, como dice Kristin —afirmó Andrew al intentar hacer con sus manos la misma figura que su hermana, forma que parecía más un lazo que un corazón.
—Bueno… si tienen duda de lo que les dijimos. ¡Vamos! ¡Vamos para que lo vean! —los retó la tía, mientras caminaba hacia el patio trasero en donde estaba el balde con el corazón.
Los niños se fueron tras ella, tenían sus dudas sobre ver el corazón pero querían salir de las dudas. No se puede explicar fácilmente la reacción de ambos niños y de Marie. Kristin se puso tan pálida como una hoja de papel de la que resaltaban dos círculos verde claro con puntos negros en el centro:
—Creo… que quedé traumada… para toda la vida, —respiró de manera agitada al hablar—. Es horrible, ya sé porqué lo dibujan diferente, guacala.
Andrew al ver la textura fibrosa de color café de la que no pudo sentir el olor por la mascarilla solo dijo:
—Les creo, no necesito ver más—. Esta frase era equivalente a lo dicho por Kristin “Creo… que quedé traumada… para toda la vida”. Él niño tenía claro que si veía más se iba a vomitar.
Ambos niños entendieron que muchas veces la realidad es muy diferente a como nos la muestran otras personas y que a veces es mejor investigar o preguntar a las personas de confianza. La inocencia es fundamental en la niñez es la que permite que los niños y niñas se asombren y disfruten de cada nueva experiencia, sin embargo, también puede hacer que sean manipulados fácilmente por personas inescrupulosas.
Para terminar Marie, es otra historia, a pesar de ser adulta al ver el corazón lo único que alcanzó a decir fue “guac…” antes de salir corriendo al baño a vomitar.
—¿Y mamá? —fueron las palabras de Andrew.
—¡Sí! ¿Para dónde va mami? —preguntó Kristin al verla irse.


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