La niñez es marcada por la curiosidad, la que lleva a los niños a explorar y descubrir el mundo que los rodea, esta es necesaria para que se dé el aprendizaje. También se debe comprender que en esa etapa la impulsividad los lleva a no medir los peligros en los entornos donde se desenvuelven, esta es una de las razones por la que deben ser supervisados constantemente y así evitar situaciones que se les salgan de las manos o les produzca vergüenza como le sucedió a Kristin. Cuando una mañana típica durante los primeros días de clases en primer grado la niña entendió que no todo debe ser usado para jugar, y que aunque parezca algo divertido al final puede ser peligroso.
La escuela a la que asisten Kristin y Andrew es una pequeña y antigua institución ubicada en la ciudad. El verano antes de que Kristin entrara a primer grado esta fue remodelada: se cambiaron puertas, se pintó, se colocaron ventiladores, entre otros arreglos. Muchos de los escombros se dejaron a un lado del aula en la que la niña iba a recibir clases, un lugar donde generalmente los niños no se acercan por ser solitario.
Esa mañana parecía ir viento en popa, los niños recibían sus clases normales con los recesos habituales. Para el recreo de 40 minutos Zoe y Kristin no salieron a jugar se quedaron hablando en el aula, muy raro ya que ambas son niñas activas:
—Sí, fuimos al cine y comimos palmitas, —le contaba Zoe a Kristin.
—Yyyy…¿Qué peli vio?
—La que yo quería ver hace días…no se acuerda —puso cara seria la niña. Luego agito las maños para enfatizar el nombre de la película—. Caaars.
—¡Ahhhh! Si cierto, se me había olvidado que usted no la había visto —dijo Kritin entre risas. Luego cambió el tema—. Y, ¿qué le gustó más?… A mí me gustaron los paisajes. Quiero ir a Radiador Springs…
—Yo también quiero, ¿vio las nubes?… —expresó Zoe emocionada—. Se veían como algodón.
—Sí… Como algodón de azúcar… —Cerró los ojos Kristin mientras imaginaba las nubes en el cielo. Luego a su mente llegó una incógnita que dejó salir por su boca sin pensarlo dos veces—. ¡¿Las nubes aquí se ven igual?!
—Mmm, no sé… —le respondió Zoe al momento que intentaba recordar la forma de las nubes—. Tengo una idea, vamos a ver.
Las dos niñas caminaron hasta la ventana, pero las nubes NO fueron lo que llamó su atención, antes de poder elevar los ojos al cielo estos se fijaron en otro sitio:
—¡Mire! ¿Qué es esa montaña? —, preguntó Kristin impresionada al ver los escombros.
—¿Qué montaña? —le pregunto Zoe con duda. Sus ojos cafés lo único que veían era el montón de escombros, los que señaló—. ¿Esooo?
—Sííí, parecen una montaña. —Kristin tiene la habilidad de dar un significado diferente a algunas de las cosas que ven sus ojos.
—No lo sé, y… ¿si vamos a ver?, —fue la respuesta de su amiga.
—¡Vamos!
Ambas niñas corrieron fuera del aula sin decir nada a la maestra que aún permanecía en su escritorio. Al llegar empezaron a caminar alrededor de la montaña de escombros, la cual era solo un poco más alta que las niñas.
—¡Mire! Esa puerta parece un tobogán —dijo Kristin que analizaba entretenida la puerta—, ¿y si nos tiramos?. Se ve divertido.
—¡¿No es peligroso?! —, expresó Zoe con inseguridad.
—No creo. —Empujó Kristin con fuerza la tabla mostrando a su amiga que esta estaba bien sujeta a la montaña de escombros. Zoe la observó y la inseguridad se esfumó y dio paso al valor.
Kristin con ganas de divertirse se subió, se sentó, contó hasta tres, se impulsó para bajar resbalada, el viento le refrescaba la cara al bajar esa corta distancia. Luego fue el turno de Zoe, las risas no paraban, ambas niñas se estaban divirtiendo como nunca hasta que sucedió lo inesperado.
Las dos niñas habían estado turnándose para tirarse por el medio de la puerta, pero la puerta era lo suficientemente ancha para que las dos lo hicieran juntas. Idea que se le ocurrió a Kristin:
—Tirémonos juntas… las dos cabemos…
—Será…
—Sí, sí cabemos…
—¡Hagámoslo! —Rieron las dos niñas con complicidad.
Kristin subió por el lado derecho y Zoe por el izquierdo, se sentaron al mismo tiempo y contaron:
—Uno, dos, tres… —Se impulsaron y empezaron a resbalar. Con lo que no contaban era que del lado de Kristin sobresalía la punta de un clavo que no se veía bien. La niña solo sintió el frío de la punta del clavo pasar por su nalga en tanto escuchaba ¡rasss!. La adrenalina del momento le impidió sentir dolor, le preocupaba más lo que había escuchado:
—Zoe…
—¿Qué?
—¡Revíseme el pantalón! —le dijo mientras se daba la vuelta y le mostraba la nalga.
—¡Oh! Se le rompió el pantalón… —le dijo Zoe mostrándose inquieta—. ¿Cómo se le rompió?
—No sé… ¿se me ven los calzones?… —preguntó la niña avergonzada.
—Sí… vamos a decirle a la maestra… lo que pasó.
—¡Qué vergüenza, se me ven los calzones…! — expresó la niña apenada mientras se sacaba las faldas y su cara se tornaba roja.
Esta vez las niñas corrieron hacia el aula, al llegar le explicaron a la maestra lo sucedido desde un principio.
—Este fin de semana fui con mi mamá a ver Cars… Ya Kristin la había visto… Kristin me preguntó qué era lo que me había gustado más de la película.
—Sí… Porque yo le dije que a mi, me habían encantado los paisajes, que quería conocer Radiador Springs… —ambas niñas hablaban casi sin respirar—. Luego imaginé las nubes como algodones de azúcar, pero pensé aquí se ven igual.
—Yo le dije que no sabía, que viéramos las nubes.
La maestra solo las observaba sin entender a dónde querían llegar con la larga historia.
—Bueno, pero ¿qué es lo que quieren decirme?
—Es que.. nos acercamos a la ventana y vimos la montañita que hay ahí, —prosiguió Kristin.
—¿Qué montañita?
—Esa… —Señaló Zoe a la venta.
La maestra se enderezó de su silla, vio los escombros y antes de que pudiera decir algo Kristin habló:
—En la montañita hay una puerta que parece tobogán, yo me tiré, Zoé se tiró y luego nos tiramos juntas y mi pantalón se rompió… —dijo la niña de golpe al final.
—¿¡Qué!? —fue lo que salió por la boca de la maestra.
—Sí, ¡mire!, —le dijo mientras se daba la vuelta para mostrarle el pantalón.
—¿Pero, le duele? —le preguntó la maestra con preocupación, para ella eso era signo de que en la puerta podía haber un clavo que había pasado la tela y por consiguiente la piel.
—No, no, no me duele, —repetía la niña. La preocupación de la niña en ese instante era que todos podían ver su ropa interior a pesar de que ella se había sacado las faldas. Pero lo que aumentó su adrenalina fue escuchar la frase.
—Hay que llamar a su mamá, yo no la puedo revisar.
—¿Qué? llamar a mi mamá… —En ese momento olvidó la vergüenza y pensó en el posible regaño de su madre por el pantalón roto.
A pesar de sentir ansiedad por lo que le iba a decir su madre, esperó que la llamaran y que ella llegara a la escuela. La maestra le contó todo lo sucedido, Marie escuchó perpleja toda la explicación de la maestra y de las niñas. Sí le molestó lo del pantalón, ya que estaba nuevo, sin embargo, le preocupó más que pudo haber ocurrido otro accidente.
Luego de ese accidente los escombros fueron removidos de la escuela, las maestras aprovecharon para explicar a los niños sobre la importancia de jugar en los sitios destinados para hacerlo y sobre todo de no hacerlo en los con objetos que nos son para jugar.
En la casa se le explicó a Kristin que aunque algo se vea divertido puede ser peligroso, que en este caso se rompió el pantalón y se raspó la nalga pero pudo ocurrir algo peor como que se derrumbara la montaña de escombros y las prensara, se cayera puerta y ellas se golpearan o al subir se resbalaran y se golpearan la cabeza.
Los niños y niñas no miden el peligro al igual que los adultos, es necesario vigilarlos para evitar que los accidentes sucedan.


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