¿¡Son balines de bicicleta!?

Tercera ley de Newton “para cada acción hay una reacción igual y en el sentido opuesto”.



Una de las actividades sociales favoritas de la mayoría de los niños y niñas son las fiestas de cumpleaños. Kristin y Andrew no son la excepción: reunirse a jugar con sus amigos hasta cansarse, refrescarse con un sabroso helado, comer pizza o hot dogs, las burbujas del refresco gaseoso haciendo cosquillas en la boca, la lluvia de confites que cae de la piñata, recibir un bolsita llena de dulces y al final lo mejor; sentir en la boca un cosquilleo a causa del azúcar que tiene el lustre con el que se decora el pastel.

***

 

—¡Kristin! ¡Kristin! ¡me van a hacer una fiesta de cumpleaños! —Fue el saludo de Zoe a su amiga esa mañana al entrar al aula.


—¿De verdad?,¡Aaaah! ¡Qué emoción! 


—Sssh… Hablamos en voz baja niñas… —les sugirió la maestra.


—¡Perdón! —Se oyeron las voces de las niñas al unísono.


—Mamá me prometió: juegos, helado, pastel, pizza, refrescos con gas, piña…, —intentó susurrar Zoe llena de emoción.


—¿En serio? —La voz de Kristin se oyó de nuevo, la niña no podía contener la emoción.


—¡Niñas!...


—¡Perdón maestra! … Voy a hablar bajo. Helado, pizza, pas… —, Kristin no pudo terminar la palabra porque su boca se empezó a llenar de saliva, la que tuvo que tragar para poder terminar—. Pastel..


—¡Sí! …Una piñata y juegos. Ya dije juegos, ¿verdad? 


—¡Aaaahhh! —Quedó en la garganta de Kristin un grito de felicidad que por más que intentó salir la niña tuvo que contener para no ser regañada de nuevo. Emoción que demostró con un aplauso suave y rápido, acción que repitió Zoe.


—Mamá, me quiere sorprender. 


—¿Cómo? ¡Sorprender!


—Sí, mamá quiere que todo sea una sorpresa. —La niña mostró una sonrisa amplia al terminar la frase, luego puso una cara seria para decir lo siguiente—. Bueno. No todo, me dijo que podría escoger mi ropa. El vestido de mi princesa favorita.


Zoe volvió a sonreír de felicidad. Felicidad que Kristin pudo ver en forma de estrellas brillantes en los ojos de su amiga. 


A partir de ese día ambas niñas se dedicaron a hablar e imaginar en los recesos o tiempos libres sobre cómo iba a ser la fiesta de Zoe.

***

  Por supuesto, la mamá de Zoe pidió ayuda a la de Kristin. Ambas prepararon todo en secreto absoluto, lo que fue difícil, las dos niñas y Andrew tienen la capacidad de descubrir los detalles que no son parte de la rutina. Como cuando Andrew preguntó a su mamá «¿Por qué ahora la mamá de Zoe te llama todos los días? Antes no lo hacía —pregunta que ella intentó evadir con un simple—, las mamás también necesitamos hablar». El niño no dudó en lo que su madre le dijo, «las mamás siempre dicen la verdad», pensó. 


O cuando a la salida de la escuela las niñas escucharon a sus madres hablar de precios de pizza, hot dogs y hamburguesas. «Los martes nunca cenamos comida rápida, mamá, —a ambas madres se les aceleró el corazón. Por suerte su mamá cambió  la conversación y las niñas no se dieron cuenta que se hablaba de la comida para la fiesta—, Sí, yo sé. Marta quería saber qué tipo de comida rápida comemos algunos viernes». Kristin y Zoe habían imaginado tantos manjares todo este tiempo atrás que no relacionaron la conversación de sus madres con la fiesta.

***

Los días fueron pasando y el gran día llegó. Zoe y Kristin vestían como sus princesas favoritas, Andrew que también fue invitado no quiso vestirse de ningún personaje. Los tres niños fueron los primeros en llegar al salón donde iba a ser la fiesta. 


—¡Aaahhh! —Fue la expresión de los tres niños. Por primera vez en la vida parecía que se habían quedado sin palabras  e inmóviles.


—¿No van a entrar? —les preguntó Marta intentando contener la risa. 


—Parece que les comió la lengua el ratón. — Andrew escuchó la frase de su mamá y con duda empezó a pasar la lengua por la parte interna de la boca. Después la sacó y se esforzó por bajar la mirada y así asegurarse que todavía la tuviera. Luego procedió a señalarla con su dedo índice y le dijo a su mamá.


— Ea, aqi…st (vea aquí está).


Marie y Marta se volvieron a ver y soltaron una carcajada, carcajadas de las que se contagiaron las niñas, solamente Andrew permaneció serio, no entendía qué les había hecho reír tanto a las cuatro.


—¡Perdón Andrew! Es un decir, como se quedaron callados y no dijeron nada.


—¡Ahhh! —respondió el niño y luego forzó una sonrisa, ya que todavía no entendía.

—¿Qué les parece la decoración? —les preguntó Marta a los niños.


—Está hermosísima, —dijo Zoe—. ¿El cartel que dice feliz cumpleaños de mi princesa favorita me lo puedo llevar?…


—Sí… respondió Marta disimulando sus pensamientos «Basura, eso es para que lleguen cucarachas».


—¿Me puedo llevar unos globos? —Aprovechó Andrew el momento de las peticiones.


—¡Ay no! ¿Para qué los quiere? 


—Sí Andrew, se puede llevar unos —le dijo Marta con una sonrisa cómplice al niño. 

 

—Bueno, yo sabía que iba a pedir globos —se oyó Marie—. Debimos decorar sin globos.


—Los globos revientan accidentalmente, el cartel hace cucarachas y cuesta que se rompan accidentalmente, —le susurró Marta al oído.


—Eso sí…ja… —Contuvo la risa Marie.


Solo Kristin no pidió nada, eso no significaba que no se iba a llevar algo para la casa después de la fiesta, ya que los manteles, las cintas de colores, el cartel de ponle la cola al burro y muchas otras cosas más llamaban su atención.

***

 Media hora después empezaron a llegar los invitados: compañeros, compañeras, amigas y amigos del barrio, primos y primas todos con un acompañante. Los juegos empezaron y la tarde transcurrió normal. Marie corría detrás de Andrew que quería ser el primero en participar en todos los juegos. Explicarle al niño una y otra vez que se tenía que esperar el turno es parte de la rutina en muchas de las actividades. 


Luego de hora y media Marie no podía correr más. Entonces, pensó en distraer a Andrew con el queque.  Al ser una sorpresa para Zoe todavía permanecía escondido en la cocina.


—¿Quiere ver el queque?... —le susurro Marie al niño al oído. Ella sabía que Andrew no iba a rechazar esa propuesta. A él le encanta el queque tanto como a ella—. Pero, pero, no le puede decir a Zoe o a Kristin que se lo enseñé. 


—Sí,  —susurró Andrew al oído de Marie mostrando sus dientes en una sonrisa amplia de felicidad que se le notaba por el brillo que apareció en su ojos.  


—¡Recuerde! Es una sorpresa.


—Okeeey…


—¡Vamos! —Ambos se escabulleron a la cocina.


—¡Woow! —Andrew volvió a quedarse sin palabras. Observó cada uno de los detalles: los tres pisos de diferente tamaños con un color azul violeta, las láminas de arroz con la imagen de la princesa favorita de Zoe y el olor dulce que emanaba el lustre parecía hipnotizarlo. Pero lo que más llamó su atención fue que estaba decorado con balines plateados,  de los que había visto en la bicicleta de su padre alguna vez.


—Mamá, ¿por qué le pusieron balines al queque?, —preguntó Andrew a la vez que arrugaba las cejas por la duda.


—¿Qué balines?


—Estos, vea, estos… —Le señalaba el niño las perlas—. Son los que se le cayeron a la bicicleta de papá.


—¡Ah! No Andrew, no son balines…, —le respondió entre risas—. Son perlas de azúcar, son dulces.


—¿¡En serio!? —Frunció más las cejas el niño—. Pero, son del mismo color, doradas.

—No son doradas, son plateadas. 


—Sí, plateadas, eso quise decir. —Dorado y plateado son dos colores que Andrew confunde—. Entonces no son balines, se parecen.


—No, ¿usted cree que le pondríamos balines? —le preguntó con la nariz arrugada y sacando la lengua con asco—. Lo echamos a perder, las personas no comen eso y se pueden ahogar.   


—...Ahhh… y … ¿A qué saben? 


—Dulces, ahora las prueba, cuando Marta lo parta.

***

Una horas más tarde, luego de comer pizza con refresco gaseoso, helado, romper la piñata y recibir la bolsita de dulces llegó lo que la mayoría de niños y niñas ansiaban, el queque de cumpleaños. Cuando lo trajeron a la mesa fue un silencio absoluto, todos los niños se reunieron a cantarle feliz cumpleaños a Zoe. Pero la mejor parte fue cuando la mamá de Zoe empezó a repartir los trozos de queque. 


Para Kristin fue tanta la emoción que no reparó en examinar el queque como usualmente lo hace, quería cantar cumpleaños y comer. Todos los niños hicieron fila con cara de felicidad para recibir un trozo y comerlo .  

A Andrew tardaron más en darle el trozo de queque, qué él en comerlo. Obvio, él ya había tenido tiempo de disfrutarlo con sus otros sentidos, por lo que ya podía devorarlo. Kristin que no lo había hecho al tomarlo en sus manos lo acercó a su nariz y aspiró el olor dulce, los colores que llamaban su atención por ser fuertes pero tenues, la mezcla del azul con violeta en tonos pastel era algo que nunca había visto. La mamá de Zoe sabe que a la amiga de su hija le encanta el lustre por eso le dio uno de los de la orilla, donde había suficiente lustre y balines, bueno bolitas de azúcar plateadas.


«¿Ah?, ¿estos son balines? —pensó la niña al llegar a una de las montañitas de lustre (como ella las llama), que tenía una bolita en la cumbre—. Le pusieron balines al queque, guacala…». La niña nunca había visto esas grageas dulces y al igual que Andrew las asoció con los balines de la bicicleta de su papá.


Con duda giro su cabeza para observar a su alrededor mientras pensaba «alguien tiene que decirle a la mamá de Zoe que el queque tiene balines», sin embargo, eso no sucedía, todos comían tranquilamente y sin decir nada.


Uno, dos, tres minutos y nadie decía nada por lo que decidió preguntar a su amiga:


—Zoe, Zoe… 


—¿Qué Kristin?


—¿Por qué el queque tiene balines?


—¡Balines! ¿Qué balines?


—Estos… —Señaló con el dedo índice la punta de la montañita de lustre. Zoe dirigió la mirada a donde su amiga señalaba.


—¡Ah! Esos no son balines, son dulces, ¡vea!… —le dijo mientras tomaba una con sus dedos índice y pulgar de su trozo y se la echó a la boca.


—¡Buaj! —salía de la boca de Kristin. Su cara se arrugó como una hoja de papel en la que le sobresalía la nariz blanca por falta de circulación—. Se ven como de metal.


—¡No! —le decía Zoe entre risas mostrando los dientes teñidos de azul violeta. 


—¿Está segura? Parecen los balines que usa papá en la bicicleta.


—¡Vea! —Con sus dedos llenos de lustre tomó otra pelotita y se la llevó a la boca—. ¡Pruebe una! 


—Pero, parecen de metal, buaj. ¡Qué asco!


—¡Vea! —Zoe ya se había comido todas las bolitas intentando demostrarle a Kristin que no eran balines.


Kristin que tenía plena confianza en su amiga decidió comer una, con todo el asco del mundo tomó una bolita con sus dedos índice y pulgar, luego procedió llevarla despacio a su boca. Ya cuando la iba a poner sacó su lengua y cerró los ojos para no ver el color plateado y solo sentir el aroma dulce en su nariz.


—...Mmmmm, —expresó la niña al saborear el azúcar de la bolita que se deshacía en su lengua y se revolvía con el sabor del lustre, mantener los ojos cerrados intensificaron la sensación en su boca. Lo único que alcanzó a decir fue—:  …mmm…, está delicioso. 


—¡Sííí…!, ¿Nunca las había comido?


—No…


— Termine de comérselo todo y pedimos otro pedazo… —Kristin no lo pensó dos veces para hacerlo.

***

Podemos decir que Kristin y Andrew nunca habían visto estas bolitas dulces plateadas lo que les hizo pensar que eran balines de bicicleta. La inocencia de ambos los hizo creer eso. Muchos objetos pueden verse parecidos a otros y causar confusiones. En edad temprana los niños deben ser cuidados y guiados por un adulto en la mayoría de las actividades que realizan para evitar accidentes. Kristin y Andrew son niños de corta edad por lo que todavía no miden el peligro, aunado a esto ambos presentan una condición que les genera dificultad para hacerlo. 


Esta anécdota busca mostrar que la inocencia de los niños o niñas los puede llevar a pensar cosas que no son, en este caso pensaron que las grageas dulces eran balines de bicicleta, pero ¿qué pasaría si hubieran pensado que los balines eran grageas dulces? La historia sería diferente. Los niños y niñas son nuestro tesoro y deben ser cuidados y guiados para evitar todo tipo de situaciones que los dañe.  




  


  

 


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