El mundo a todo volumen

Tercera ley de Newton “para cada acción hay una reacción igual y en el sentido opuesto”.

El sonido es una constante en los entornos del ser humano. Este permite la comunicación e interacción social. Estimula el aprendizaje por medio de la audición, es indispensable para identificar peligros y puede mejorar el estado emocional y cognitivo, esto último cuando se  utiliza la música para estimular el cerebro.


En los espacios naturales podemos escuchar el canto de los pájaros, el viento soplando entre las hojas de los árboles y el sonido del agua al fluir. En cambio, en la ciudad predominan los motores de los carros, las bocinas, las conversaciones, los pasos de la gente, la música, las campanas de las iglesias y las construcciones de  nuevas edificaciones.


Algunas ciudades logran combinar ambos mundos, como Ciudad del Cabo en Sudáfrica, Vancouver en Canadá, San Francisco en Estados Unidos o Singapur, conocida como la 'ciudad jardín'. Todo esto ocurre mientras existan lugares tan tranquilos donde se escucha una hoja caer, y otros tan saturados donde la contaminación sonora no deja oír ni los propios pensamientos.

 

Por así decirlo, una persona desde que nace hasta que muere está expuesta a todo tipo de ruidos. Por esa razón, el cerebro del ser humano desarrolló la habilidad de captar, seleccionar y de filtrar los sonidos, para lograr enfocarse en la información relevante y evitar una sobrecarga sensorial. Esta capacidad le permite ignorar los ruidos constantes o irrelevantes.


En sana teoría, todo ser humano desarrolló esta habilidad. No obstante, existen las excepciones, algunas personas con un cerebro neurodivergente. Por ejemplo, las que están dentro del espectro autista, TDAH u otras condiciones no procesan los estímulos sensoriales de la misma manera. El exceso de ruidos pueden llegar a producir una crisis sensorial en las personas dentro del espectro, en las que presentan TDAH mantener la atención y concentración en una sola actividad puede llegar a ser difícil. 


¡Riiiiiin! Se escuchó por toda la escuela el timbre un lunes por la mañana. Sonido que daba la señal del inicio de las lesiones. Los adultos caminaban a sus escritorios sin perder de vista a los niños y niñas que corrían a sus asientos:


—No corran…no corran…se pueden caer… —La voz de la señorita Mirian se proyectó a través de toda el aula.  


—Oki, oki —Se oyeron Kristin y Zoe entre las voces de los demás estudiantes “Está bien, niña. Sí señorita Mirian…”. Ambas niñas se volvieron a ver las caras.


—-Al mismo tiempo… —gritaron las dos antes de  reír a carcajadas.


—Niñas, niñas… Ya tenemos que estar en silencio para trabajar. —Arrugó la cara la maestra. Las niñas bajaron el volumen y se sentaron mientras intentaban parar de reírse—. Silencio, por favor. 


Unos minutos más tarde, todos los estudiantes estaban sentados en sus sitios sin pronunciar palabra. Minutos en los que sólo se escuchaba la voz de la maestra saludando y haciendo la oración inicial para empezar la lección de español. Para después continuar con el repaso de los acentos prosódicos y ortográficos. En el que los estudiantes mantuvieron la mirada fija en la pizarra y los oídos atentos. Pasados veinte minutos la voz de la señorita Mirian había sido reemplazada por el sonido del marcador pasando por la pizarra y el de los lápices de grafito en las hojas de los cuadernos de los niños y niñas. El tema de los tipos de acentuación había sido dejado atrás para seguir con el de reglas de acentuación en las palabras: agudas, graves y esdrújulas


Ese pequeño lapso de tranquilidad se detuvo cuando los estudiantes empezaron a hacer una práctica. Las voces de los niños y niñas empezaron a replicar en el aula una y otra vez al repetir las palabras.


—Ra…TON, RA…TON —repetía Kristin las palabras.


—Ra…ra…tOn… es aguda…se tilda o no se tilda… —La voz de Zoe llegaba a los oídos de Kristin. 


La niña giró su cuerpo a un lado, colocando su espalda entre Zoe y su cuaderno. Ahora, la voz áspera de Ricardo llamaba su atención:


—PaPEL, Papel, sí es aguda, pero se tilda o no se tilda? —se decía el niño. Kristin permaneció  con la mirada fija en las palabras escritas en su cuaderno. Pero, con la atención puesta en la voz de Ricardo que repetía y clasificaba cada una de las palabras—. So…FA, SO…fa, es aguda, …mmm… se tilda o no se tilda.


Los minutos pasaban y por una palabra que Kristin leía y clasificaba, escuchaba a sus compañeros leer y clasificar dos. 


80 minutos después se escuchó el timbre del cambio de lección y la voz de la señorita Miriam pidiendo que colocaran los cuadernos en su escritorio para revisar el cotidiano volvió a resonar por toda el aula. 


—Uno, dos…tres… —contaba la maestra los cuadernos para asegurarse de revisar todos los trabajos, palabras que en ese instante llegaban a los oídos de Kristin—. Me faltan dos, ¿quien no ha traído el cuaderno?


—Yo, yo, yo —se oyó Kristin a sí misma responder en automático—. No he terminado…


—Yoooo, —gritó Luis desde el fondo del aula.


—No importa. Traiganlos. Terminan en la casa. Esta práctica es para ver si entienden bien la forma de clasificar —, les indicó. Kristin y Luis fueron a dejar sus cuadernos sin protestar—. Salgan a recreo para que se despejen un poco la cabeza.


***


Esa misma tarde, al llegar a casa la niña se dispuso a terminar el trabajo en la mesa de la cocina, «aquí no escucho a Andrew leer», pensó. Habían pasado escasos 2 minutos cuando se oyó el timbre del teléfono:


—Aló…—la voz de su madre llamó la atención de la niña—. Marta…¿Cómo está?... —minutos de silencio—. En serio, ¿Cuándo?...

A pesar de que Marie estaba hablando en la sala su voz se escuchaba por toda la casa. A la vez Kristin intentaba avanzar con la tarea.


—A..zu..ul…a…zul… —repetía la niña mientras su madre continuaba conversando.


—Pasó ayer, definitivamente no es un chisme…


—A…zul… —la niña leía una y otra vez la misma palabra y no lograba clasificar.


—Pero, él está bien… ¿no fue nada grave o sí? 


Ya había pasado media hora y Kristin todavía no había logrado clasificar todas las palabras, en sus oídos llegaba la conversación de Marie cada vez que intentaba leer alguna. Por fin, se dio un espacio de silencio cuando se terminó la conversación entre su mamá y la de Zoe.


—Kristin, ¿ya terminó? —Esas palabras sacaron a la niña de su estado de concentración. 


—¡Uyyy! —salió por su boca mientras levantaba la cabeza de manera brusca por el susto—. ¡Ah! ¿Qué? Señora. No la escuché.


—¿Qué si ya termino?


—¡Ah! No, no he terminado mami…


—Pero lleva media hora sentada aquí… —le reclamó su madre—. Y fue lo que no terminó en clase…


—Es que, es que, es que, no sé, no logro leer bien las palabras, no sé… 


—Bueno…Termine. Voy a ver si Andrew terminó la de él. 


Ya en completo silencio Kristin pudo concentrarse para leer y clasificar las palabras que le faltaban. Su atención no tuvo que dividirse entre la tarea que hacía, las voces de sus compañeros o la de su madre. 


***


En la noche toda la familia se sentó a ver una película. Ya estaban todos acomodados en la sala de televisión y la película estaba iniciando. Marie tenía la vista fija en la pantalla cuando recordó que no le había contado a José sobre la llamada de Marta.


—Si cierto… José se me olvidó contarle. Me llamó Marta…


—¿Cuándo?


—En la tarde…


—¿Y para qué? …—respiró— ¿No la vio en la escuela?


—Nooo. A Zoe la recogió el papá con cara de pocos amigos.

Aunque Kristin y Andrew tenían la mirada fija en la película su atención se intercalaba entre la pantalla y la conversación de sus padres.


—Cara de pocos amigos…él es serio pero amigable…


—Diay… Tuvo que recoger a Zoe y no le tocaba…


—¿Por qué? —La conversación de los padres llegaba a los oídos de Kristin y Andrew—. ¿Qué pasó con Marta?…


—Papá…papá…mamá… Ssshhh —se oyó Andrew.


—Ssshhh… —lo secundó Kristin. 

—Perdóóón.


Sus caras se cruzaron y con una sonrisa de complicidad bajaron la voz para continuar cuchicheando. Según ellos, así los niños no los iban a escuchar. Algo muy alejado de la realidad, otras veces habían utilizado esa táctica para que los niños no los escucharan: en la casa en pleno día, en el centro comercial, en una tienda u donde ustedes se puedan imaginar que un padre y madre chismorrean. 


Marie y José no contaban con que cada vez que lo hacían los sitios estaban llenos de ruidos y distractores por lo que los niños ni se daban cuenta de la conversación. Sin embargo, eran las 7:30 de la noche, por el frente de la casa no pasaban personas, carros o buses. Se puede decir que solo se podían escuchar los grillos, la película y el cuchicheo de ambos padres.


—No, no, a Marta nada… —apenas se escuchó Marie.


—¡Cuénteme! —susurró José.


—¡Diay! El hermano se accidentó… 


El hilo de voz de la conversación de los padres entraba por el oído derecho de ambos niños que intentaban escuchar la película con el izquierdo.


—¿Quééé? ¿Cómo pasó? —preguntaba intrigado José mientras fruncía las cejas. 


La curiosidad le estaba ganando se podría decir que la película pasó a segundo plano para ellos y ni le estaban prestando atención y tampoco dejaban a los niños verla con tranquilidad. Ya que Kristin y Andrew escuchaban en este orden: cada una de las palabras que decían sus padres, el sonido de los grillos y la película.  


—¡Diay! Un carro que se iba a meter en un supermercado, el chofer no vio que él venía y lo golpeó.


—¡Uyyyyyy! —dijo José mientras que en cámara lenta sus labios tomaron forma de asterisco disque para no hacer ruido. 


—Pero…eso no fue lo peor—susurró Marie—. Lo peor fue… qué salió disparado de la moto, pegó en un poste y se quebró la pierna derecha.


Al escuchar esa parte José se tomó la pierna derecha mientras sus cejas y nariz se arrugaron en un gesto de dolor.

 

—Ssshhh… —salió de la boca de ambos niños al mismo tiempo. Marie bajó el tono de voz para continuar.


—Por eso el papá recogió a Zoe…


—Por eso estaba de mal humor…nunca le cayó bien el cuñado…


—Papááá, mamááá… ¡Silencio! —se oyó la voz firme de Andrew—. No, no, no, me dejan escuchar.


Un ¡ayyy! ahogado salió de la boca de los dos padres. Estaban tan concentrados en la conversación que la voz de su hijo los asustó.


—¡Andrew!  —Marie se llevó las manos al pecho por el susto.


—¡Sí! ¡Qué susto! ¿Por qué nos habla así?


—No me dejan… no me dejan …ver la peli… —dijo el niño con voz agitada.


—¿Pooor? —replicó Marie.


—No paran de hablar… —intervino Kristin al cruzar los brazos molesta. 


—Estamos hablando en voz baja… —se defendió José.


—No están hablando en voz baja…se escuchan por toda la casa.. —exagero Kristin—. No, no, nos dejan escuchar la pelí… —respiro agitada—. Igual que en la tarde…, mientras yo intentaba hacer la tarea, mami hablaba y hablaba por teléfono. Y después me regañó porque no había terminado.


Los dos padres se volvieron a ver. Esta vez su cara no era cómplice, esta vez la expresión fue de unos segundos con las cejas elevadas, ojos en forma de platos y la mandíbula tan relajada que parecía que iba a caer al suelo.  


—Perdón… —expresó Marie. Palabra que repitió José en señal de disculpa.


Al otro día Marie y José conversaron sobre lo sucedido esa noche y lo que les expresó Kristin. Ambos padres se dieron a la tarea de investigar cuál podría ser la causa de la queja de los niños. Al indagar descubrieron que las personas con TDAH y dentro del espectro autista tienen la dificultad de filtrar los sonidos del entorno que no necesitan escuchar, hipersensibilidad auditiva les dijo el médico cuando le hicieron la pregunta. “El cerebro de Kristin y Andrew procesa la información auditiva con la misma intensidad, o sea, escuchan todo con el mismo volumen.”, fueron las palabras exactas. “Es importante que al hacer algunas actividades como estudiar el sitio donde lo hagan esté en completo silencio o pueden utilizar: tapones para oídos, orejeras reductoras de sonido. ”, agregó después.


Sabemos que el mundo es un entorno lleno de ruidos, sin embargo, el apoyo es necesario, Marie no sabía que Kristin no podía concentrarse por la conversación que ella estaba teniendo por teléfono, si ella lo hubiera sabido no lo hubiera hecho. Desde ese día compraron tapones para los oídos para que los niños los utilizaran de ser necesario. Lo que más llamó la atención de Marie descubrir que a ella le funcionaban también, con los años se había acostumbrado al ruido que la rodeaba, el que no le hacía bien, “¡Ah! Es por eso que después de ir al Mall me siento tan cansada, el exceso de ruido me desregula”, dijo al leer un artículo sobre el tema.  


El sonido cumple un papel importante en la vida del ser humano, sin embargo, las personas deben ser conscientes que afecta la salud de algunas personas neurodivergentes. Este no se debe eliminar, se debe regular en algunos entornos de la sociedad para apoyar a los que se ven afectados por este.




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